La inmigrante a la que salvaron los libros: trajo 80 en cuatro valijas y cumplió su sueño de un café literario

Quizás, como Borges, Isabela Nouel (39) imaginó el paraíso bajo la forma de una biblioteca. Tenía seis años cuando su familia se mudó de su Caracas natal al campo, y esa pequeña curiosa encontró en los libros una conexión no solo con la gran ciudad que había dejado, sino con el mundo entero.

Lo que no sabía entonces Isa era cómo los libros iban a ser centrales en su vida. Cómo la iban a cambiar, a darle un propósito y, de alguna manera, también a salvarla. Porque la literatura puede ser eso. Un refugio, un abrazo amigo, una tabla para sostenerse a flote.

Isa tiene una energía dulce. Se percibe claramente que es un huracán, una máquina de hacer. Pero con calma. Quizás, de vuelta, ese perfil lo tallaron los libros. Es un lunes a la tardecita y el café que acaba de abrir hace unos meses en San Telmo está lleno. La gente no para de entrar, pero ella avisa que a las ocho hay que cerrar: tiene que apilar las mesas al fondo que arranca la clase de tango.

El tango, Buenos Aires, la literatura rioplatense, todo eso enamoró a esta venezolana que hace 10 años emigró a la Argentina con cuatro valijas cargadas de 80 libros. Muchos de ellos están en Ifigenia, el café literario que hizo punta de lanza en el ahora trendy barrio de La Paternal y que en agosto tuvo que mudar a San Telmo. Ella irá sacando esas joyas de su colección personal para mostrarlas a Clarín. Y así irá desgranando una historia de decisión, de resiliencia y de amor.

Su papá se quería dedicar a la tierra y se llevó a la familia a un pueblito de 1.500 habitantes. “Empecé ya a ser extranjera”, dice Isabel, que en el colegio le hacían bromas por hablar “distinto”. Con sus padres y dos hermanos muy grandes, de 17 y 19, para ella la biblioteca familiar —su mamá es maestra de escuela y estudió derecho— se convirtió “en un estímulo, una compañía y un mundo para descubrir para esa nena que, reconoce, “leí libros a una edad indebida, como “Las mil y una noches”.

Cuando terminó la escuela se fue a estudiar a Valencia: quería ser periodista, pero quedó embaraza a los 18 años y optó por una carrera con una salida laboral más clara: gerencia de empresas. Iba a cursar amamantando a Nicola, su bebé, y a los dos años se separó de su pareja así que tuvo que armarse «de mucha garra”. Consiguió trabajo en una empresa que en ese momento importaba los Blackberry y que luego terminó comprando la franquicia de Samsung en Venezuela. Con 25 años, manejaba presupuestos de muchísimo dinero y cerraba negociaciones internacionales.

“Pero me sentía hueca. Porque ya me di cuenta entonces de que el celular es una herramienta que pasa a controlarte la vida. Entonces, me refugiaba de vuelta en los libros. Me había armado mi biblioteca, con muchos escritores rusos, del boom latinoamericano”, relata.

Sin embargo, ese universo se le fue acotando de una manera inesperada: “Con el gobierno de Chávez había una cuestión nacionalista y se imprimían sólo grandes clásicos u obras nuevas de corte más marxista. No había una producción literaria latinoamericana más vigente y no se estaban importando libros”.

Entonces, Isabel se fue quedando sin textos para leer. Y se dio cuenta de que la única forma de seguir haciéndolo era compartiendo libros. Creó una cuenta de Instagram y armó un club, al principio con un intercambio y después con compraventa. “Tuve que vender mis libros para poder comprar otros. Era un acto de desprenderme para poder tener otra cosa. Fue muy potente”, califica, y usará ese adjetivo varias veces con un significado más profundo del que la asigna la RAE.

“No hubo temporada en la que humanamente haya trabajado más con el dolor ajeno”, sigue. Porque después de eso, lo que empezó a comprar eran las bibliotecas enteras de las personas que se iban de Venezuela. “Era tremendo. A la gente se les salían las lágrimas, me decían ‘No sé cómo hacer, pero necesito la plata. Y yo era una especie de terapeuta: ‘Tranquilo que estos libros van a llega a manos de otras personas que lo van a valorar’”, les decía.

Las anécdotas de ese tiempo son muchas. Recopila dos. La primera, en una de las ferias que armaba en plazas y parques vendiendo sus libros, cuando se le acercó la viuda de Salvador Garmendia, un reconocido escritor venezolano: la mujer estaba tratando de recuperar los libros de su marido. La segunda se escribió en Buenos Aires: ya en su café Ifigenia se encontró con Samuel, un poeta que le había vendido todos sus libros. “Recuerdo su cara, como paseaba por la sala y se agarraba la cabeza de la angustia. En la biblioteca en Paternal encontró un libro que me había vendido. Por supuesto que se lo di”, aclara como si hiciera falta.

Hasta que la crisis alimentaria que se agudizaba y un par de episodios de inseguridad muy violentos la empujaron a emigrar: llegó el momento en que tuvo que estar ella en el lugar de desprenderse de su biblioteca. Recuerda la noche en que seleccionó los 80 libros que se trajo en cuatro valijas. Había mucha literatura venezolana, muchos libros “emocionales”, pero también libros que sabía valiosos en el mercado por si tenía que venderlos en Argentina.

“En las valijas no llevas cosas de migrante para que no se den cuenta, porque si es así posiblemente lleves dinero en efectivo encima. Yo me iba con mi hijo de 11 años, habíamos pasado Migraciones y nos llaman por los altoparlantes. Lo dejé con una persona de la guardia en el aeropuerto con 3.000 dólares en los bolsillos de su pantalón cargo y con la instrucción de contestar a cualquier pregunta que la respuesta tenía que darla su mamá. Bajé al área donde estaban los perros y las valijas, y un militar me dice ‘¿Qué es este montón de libros? ¿Traficas libros?’. Conteniendo el miedo, empiezo a buscar un libro de mi madre que no pude dejar de traerme, una recopilación de poesía venezolana que me leía cuando era niña. Y lo abrí en un cuentito donde nombraban a mi abuelo. ‘Esos son libros de mi madre y lo único que puede mandarle de regalo a mis sobrinos en Argentina es esto’, le dije.

Isabel no carga tintas. Y acto seguido dice que esta historia “es una millonésima parte de la migración. No quiero decir de Venezuela nomás porque a pasado en montones de pueblos a lo largo de la historia de la humanidad. Siento muchísimo orgullo de esa valentía y esa decisión: esa fue la biblioteca con la que empecé el proyecto Ifigenia. ¿Cuántos proyectos empezaron en el mundo con lo que trajo en la maleta un migrante?”.

Ya en Buenos Aires, los acogieron sus primos y ella creyó que iba a conseguir enseguida trabajo como librera. Salía en bicicleta a repartir currículums: no le quedó librería porteña sin entregar uno. De ninguna la llamaron, nunca. Desesperada por conseguir trabajo, la ayuda llegó de una cita de Tinder: Leon, un inglés con el que se encontraron una tarde a tomar un café en una conocida confitería mientras Nicola estaba en el colegio. “Probé el café y era horrible. Empezamos a hablar del café de especialidad”, recuerda. Leon finalmente terminó contactándola con la dueña de Lattente, una de las primeras cafeterías de especialidad porteñas. Allí trabajó cinco años, haciendo de todo, desde sacar café hasta hornear pastelería y manejar las redes. Le agradece infinitamente a Checha, su dueña, que hasta le consiguió un PH para mudarse. Como agradece a todos los que la ayudaron en este viaje que lleva ya una década.

En Lattente también conoció a la pastelera Chula Gálvez, con la que intercambiaban cafés con pavlovas. Chula la convocó para ser parte de la apertura de Las Flores, su pionero restaurante gluten free. Isa aprendió un montón y siguió amasando la idea que había venido en esa maleta cargada de libros: tener un café literario. El presupuesto no daba para los barrios mainstream así que, de vuelta, se subía a la bicicleta y tiraba papelitos en cuanto local con la persiana baja encontrara. Una publicación por MarketPlace la llevó a la esquina La Paternal, que recién estaba empezando a despuntar como escena gastronómica emergente.

Señó el local sin tener dinero para nada más. De vuelta, la solidaridad: le pidió a un cliente de Lattente con el que siempre se peleaba porque le quería poner azúcar al café que fuera su socio. Tony accedió sin dudar y hoy la sigue acompañando en sus proyectos.

La venta del local de Paternal le generó un problema. Pero hay otro protagonista en esta historia: Nico, su pareja, biólogo, investigador del Conicet, y tanguero empedernido. Se conocieron en una lectura de poesía en Ifigenia y se enamoraron. Por él dejó Villa Ortuzar y se mudó a La Boca, y redescubrió el sur de la Ciudad. En mayo del año pasado abrieron Lilith, un bar de vinos en Defensa al 1300 que ella define como “una librería” porque allí hace el mismo proceso curatorial que con sus libros: muchas bodegas chicas, muchos vinos de mujeres. Se enamoró de San Telmo (“La gente del barrio es super cuidadosa y luchadora, tiene una cosa de comunidad muy fuerte”, se sorprendió) y apareció una casona de 1930 en una ubicación inmejorable, en Bolívar al 1000, a una cuadra del Mercado de San Telmo.

Fue originalmente una florería. Me contaron que era la única que había de acá a Plaza de Mayo, y cuando fue el velatorio de Eva Perón había colas larguísimas para comprar flores”, trae, y de paso pide ayuda para ubicar una foto que registró esa escena y que sabe que está exhibida en algún local del barrio.

Trajo de Paternal las bibliotecas que eran estanterías de una farmacia y una amiga arquitecta recicló, los libros, las revistas, los cuadros, las mesas y las sillas que fue comprando de a unidades y recibiendo de amigos, al igual que la vajilla y la cubertería (su suegra le regaló las delicadas cucharitas del café), un eclecticismo armónico que define este espacio colaborativo. El café se sirve perfecto en tacitas de porcelana y su equipo femenino, con dos cocineras de 63 y 57 años, hacen una cocina honesta y casera, donde una torta no busca ser perfecta sino deliciosa, y en la que todo se optimiza: por ejemplo hacen mermelada con los mangos maduros para la pastafrola o utilizan los restos de las almendras de la que extrajeron su leche vegetal para preparar una torta húmeda de frutas de estación sin TACC.

A Isa se la ve feliz. Habla casi como porteña, abraza su volumen de Ifgenia, “un libro que me hizo cuestionar a las mujeres de mi familia, por qué eran así y por qué yo tan irreverente, pero me hizo entenderlas también” y agrega que dos diseñadoras hicieron una versión tanguera de la protagonista para el branding del café.

Es ineludible la pregunta por el actual momento de Venezuela, y admite que siente “que es doloroso y al mismo tiempo esperanzador. Es una cosa muy dual. No entiendo cómo se puede reconstruir un país si no es a través de elecciones y una reconstrucción legal y honesta, pero hay tantos vicios en Venezuela, y un país extranjero tan potente que venga a intervenir y no tenga claridad, me da un poco de miedo. Puede haber una esperanza pero depende de cómo se arme todo esto”.

Y volvemos a los libros, a esos 2.000 que quedaron en Venezuela. “Sería hermoso traerlos porque los puedo compartir con todos los que los van a leer, pero un poco pertenecen allá”, expresa también aquí una dualidad.

En lo que no duda, es al responder esta pregunta:

—¿Qué es para vos un libro?

—Un libro es un refugio. Es un lugar donde entrás y entrás a otras realidades que no son las que te están pasando. A otras formas de vida, a otros tiempos, esto te hace cuestionarte siempre. La historia de otro, leída e interpretada por uno mismo, es algo que te mueve. Es muy potente.

Más Noticias

Noticias
Relacionadas

El estreno más esperado del 2026: llegan los cuatro episodios iniciales de Bridgerton 4 a Netflix

A comienzos del 2026, Netflix irrumpirá en...

Reforma laboral: así es el texto que aprobó el Senado

El texto de la reforma laboral, que...

Quirno reafirmó en Munich la importancia de la relación con China

El canciller Pablo Quirno participó ayer en...